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Blog Erótico

13 de septiembre de 2018 by Mayra Deja un comentario

María Peregrina, ¿Beata o libertina?

Todos piensan que como mi progenitora tuvo a bien colocarme este nombre, María Peregrina, yo soy algo así como una especie de virgen María. Pero la verdad es que soy una simple mortal de veinte años, a unos días para mi cumpleaños, en el que «supuestamente» seré 100% mayor de edad. (Por ahí dicen que cuando ya tenga la mayoría de edad nadie podrá mandarme, ya les diré si es cierto).

Por lo pronto, soy la mandadera de mi señora madre y en el cole soy algo así como un ejemplo a seguir por buena estudiante. Imagínense si se toman la molestia de leer mi diario, morirían lentamente. Y si de paso algo de lo que escribo ocurriese. ¡Oh, por Dios! Ahí se me execran de la sociedad. Hasta creo que me dirían hereje…

Mis días transcurren en la paz de un pueblo insulso, sin revuelos de ninguna especie. A veces, con la bruma del calor de la tarde, imagino que llega un grupo de chicos guapos y majaderos que acaban con esta pasividad. Pero bueno, a la fecha todavía nada.

Odio vestir como mojigata, pero quién se atreve a contradecir a doña María Clemencia. No puedo escoger ni la ropa interior. Ella se cree con el derecho de decidir por mí, con la excusa de que debe impartirme una buena educación. Si supiera que lo que yo quiero de regalo de cumpleaños es una buena cogida, de esas que te dejan caminando doblada en dos…

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Mi Sexy Guitarra

Todas las tardes voy a mis clases de guitarra, único espacio del día sólo mio, que puedo disfrutar sin escuchar todo lo que debo hacer. Simplemente me desconecto sin preocuparme por nada.

Mayor sorpresa me llevo cuando la tarde en que cumplía 21 años y no está el Sr. José, mi profesor, sino que hay un chico como de mi edad, con el cabello largo amarrado en una coleta, dando la clase a los niños más pequeños. Me confundí unos segundos, pero decidí esperar porque seguro mi profe iba a llegar. Llevaba ya como una media hora afuera sentada, cuando termina el turno de los pequeños y me toca a mí. No ha llegado el Sr. José. ¡Sigue el mismo niño!

Por lo que agarro valor, ese que me sobra escribiendo pero no hablando con otros. Le pregunto con un tono de voz tan bajo que hasta a mí me cuesta escucharme si esa es la clase del profesor José, a lo que él responde que ya me estaba esperando. El profesor le había dicho que yo siempre llegaba muy temprano, pero que como no me vio pensó que se me había hecho tarde.

Quedé como embobada viendo su cabellera larga y rubia. Sus rasgos finos, con una barba a medio afeitar, su camisa a cuadros y su jeans roto. Era como el hombre de mis sueños, un adonis. Él noto que me sonrojaba, me guiñó el ojo invitándome a pasar, cerrando la puerta detrás de mi, cosa que me erizo la piel. De pronto me imaginé dentro de una película porno.

Él caminó hasta el medio del salón, se sacó la camisa y se la desabotonó casi toda. Se soltó el cabello, lo desenredó con sus dedos y se lo volvió a amarrar. Yo no conseguía moverme. Ya estaba húmeda de solo imaginármelo dentro de mí. Creo que leyó mis pensamientos, porque sonrió señalando la guitarra para que la sacará y repasáramos la lección.

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Estaba tan húmeda que temí se mojaría toda mi ropa. -María- susurró casi cerca de mi oído – viniste a tocar, ¿cierto? A menos que tengas otros planes…

Eso me saco de mi ensoñación, aunque no sé si mucho porque atiné a responder: – Nunca es malo cambiar de planes y más si es para coger en tu cumpleaños.

Soltó una sonora carcajada que me sacó de todo éxtasis. – Niña linda, primera vez que me dan una respuesta tan original- Intenté esconder mi rostro, víctima de un ataque de vergüenza. -Me llamo Robert. Voy a sustituir por unos días al profesor José. En este tiempo podemos aprender dos cosas: las dos canciones que aún no logras sacar y a satisfacer las fantasías de alguien más. ¿Te parece? Yo estoy dispuesto a las dos, sin compromisos ni ataduras, solo a explorar.

Cómo coger y no comprometerse en el intento

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No termine de escuchar la frase, cuando ya me había ido encima de él, a satisfacer esa urgencia, ese calor que me quemaba, el deseo de lo prohibido y loco. Lo besé apasionadamente de sorpresa, a lo que él respondió con su lengua hasta lo más profundo de mi ser. El calor iba subiendo al igual que sus manos por mis pechos, sentí como lentamente me desabrochaba la blusa, me la quito de un solo jalón, quedando con el sostén queriendo salirse.

Le desabroché el pantalón, liberando una polla impresionantemente grande, tanto que por poco me arrepiento al pensar como entraría «eso» en mí. La falda cayó al suelo al igual que su camisa. Me besó suavemente el cuello, hasta morderme. Fue bajando hasta chuparme los senos y sin ningún aviso bajo hasta mi sexo y rompió mi panty de un jalón. Sentí su lengua hasta muy dentro de mi… Mis fantasías, mi regalo de cumpleaños soñado, de pronto se estaba haciendo realidad.

Esperé a que terminara de lamerme. Lo subí furiosamente a mi boca, diciéndole que ahora me tocaba a mi. Le bajé los pantalones con brusquedad y lo lamí desde el cuello a la polla. Le mordía con desespero. El me urgía a levantarme para que pudiese penetrarme, pero no lo dejé. Le chupaba los huevos con más fuerza y le daba nalgadas. Él me rogaba porque lo dejara cogerme.

Sabía que si lo sometía a mi voluntad haría todo lo que yo quisiera. Así que lo deje ahí implorando mientras se retorcía. No dejé de succionar y morder hasta que lo sentí correrse en mi boca. Me tomé toda su leche, néctar de vida, sin dejar de mamárselo. Fui subiendo hasta su cara, besándolo poco a poco. Pegue mi cuerpo contra el suyo y al llegar al cuello le susurre: – supera eso, bebé. Ahora sí ¡Cógeme!

Niña Mala, María

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Me lanzó contra la pared, olvidando donde estábamos.  Me mordió los pechos, el coño. Después me besó por todos lados, diciendo que me daría una lección por ser una niña mala. A lo que yo me iba excitando, deseando que me penetrará pero sin demostrárselo, para no ceder ante él.

Entrecerré los ojos, mientras me mordía lentamente todo el cuerpo. Hasta que sentí una presión indescriptible, entre dolor, gozo y calor. Se paró delante de mi, me levanto con fuerza sobre su polla y me la clavó hasta el fondo. Estaba en el cielo, aquello era todo lo que siempre había deseado. Me apretó contra la pared mientras me cogía una y otra vez. Nos besábamos desenfrenados sin separarnos, con fuerza, con un deseo insoportable de poseernos hasta que no quedara nada de ninguno de los dos.

Sentí cuando acabó mientras me mordía el cuello. Yo igual seguí retorciéndome hasta acabar yo. Por un momento pensé que me iba a tirar al piso, pero al contrario. Lentamente me bajo al piso, besándome poco a poco.

¿Lección aprendida?

– ¿Entendiste la lección?- alcance a escuchar muy bajito cerca mi oído.

-Me cuesta aprender a la primera -respondí- creo que me faltan unas lecciones más.

Le besé el lóbulo de su oreja, sintiendo como se erizó hasta el último pelo de su cuerpo. Lo agarré por el cabello y se lo solté del jalón que le dí. Solo vi su expresión entre sorpresa y sumisión cediendo a mis caprichos. Por los cabellos lo llevé hasta el escritorio. Me puse en cuatro patas sobre el mesón y le dije: – si me coges aquí, te dejaré hacerlo cada vez que quieras.

En el acto sentí su enorme pepino hasta lo más profundo, partiéndome literalmente el culo en dos. Dolía, pero era rico sentirme así.

El tiempo: el enemigo invensible

Creo que no podía ni pararme derecha cuando en medio de la última cogida, ya en el piso yo cabalgando sobre él, vi la hora en el reloj de la pared. Menudo susto, ya era tarde y mi madre podía aparecer en cualquier instante. Imaginen que me encuentre gineteando sobre el profesor.

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Intenté levantarme pero él me sujetó fuerte por la cintura, implorando que lo dejará acabar. Saqué su polla completamente de mi vagina, rozando la puntita tan solo. Me agarraba por los brazos para obligarme a sentarme, a lo que yo reaccioné abofeteándolo con fuerza.

-Aquí la que manda ahora soy yo, bebé.

Cuando ya a mí me urgía terminar el juego y acabar, me senté lo más fuerte que pude. Se me olvidó todo de un golpe. Acabamos a la vez corriendo uno sobre el otro, cálido rico fruto de una tarde exquisita. Recogí un poco con mis manos e hice que se lo tomara.

-Nos vemos mañana para la clase, profe.- Él sonrió, todavía aturdido.- Yo soy María Peregrina. No lo olvides.

Me vestí y me despedí con un beso sutil en la mejilla. -Gracias por la clase, bastante productiva.





Publicado en: Relatos Originales Etiquetado como: María Peregrina, relatos originales, Santubearsex, Sexo

6 de septiembre de 2018 by Raúl Deja un comentario

EL PORTERO – 2ª PARTE

Recomendamos leer la primera parte de este relato erótico El portero, para disfrutar plenamente El portero – 2ª parte.

Un Voyeur

Se estaban los tres besando intensamente delante de la puerta del baño, en la entreplanta, cuando Esteban desde el rabillo del ojo vió que los estaban vigilando desde la mitad de las escaleras. Era el cartero. Santi, que así se llamaba el cartero, se había coscado de las miradas entre Esteban y el mensajero. Esperó unos minutos fuera del portal y volvió a entrar presintiendo que algo caliente iba a ocurrir entre esos dos. Y así fué.

Desde la mitad de las escaleras y en completo silencio observó como Esteban le alargó la mano al mensajero para que se uniera en el beso de tornillo con su mujer. Allí estaban los tres besándose apasionadamente y Santi mirando muy cachondo. Al verle Esteban, Santi se echo mano al paquete y comenzó a tocarse. Esteban le hizo una seña para que se uniese al grupo, pero a Santi le ponía más caliente mirar como se besaban.

Un lugar más tranquilo

Esteban estaba nervioso porque estaban en la entreplanta del primer piso y allí podía bajar cualquier vecino por las escaleras y podían pillarles. No se quería jugar su puesto de trabajo. Se metieron en el cuarto de contadores. Santi les siguió hasta dentro.

El cuarto de contadores era un espacio no muy grande, con un montón de aparatos electricos que desprendian mucho calor. Esteban, el mensajero y Teresa siguieron besandose apasionadamente mientras Santi, el cartero, miraba y se tocaba desde el otro extremo del cuarto. Teresa nunca había estado con tres hombres.
Estaba muy cachonda.

Esteban echó mano al paquete del mensajero, notó un bulto enorme y duro. Nunca jamás había tocado ninguna polla de un tío, salvo las típicas pajas en grupo en la adolescencia. Se quitó el buzo de trabajo y se quedó en calzoncillos. Unos slip blancos que su polla dura ya se había encargado de mojar ligeramente por la excitación. El mensajero copió a Esteban.

Comienza a subir la temperatura del encuentro

Allí en aquel cuarto hacía mucho calor. Teresa, cachonda perdida, se agachó y comenzó a pasar la lengua y besar suavemente aquél par de calzoncillos mojados. El glande de la polla del mensajero era tan gordo que asomaba por encima de su slip. Teresa sólo tuvo que bajar un poco el calzoncillo para poder acariciar con su lengua esa bonita polla.

Santi se había bajado los calzoncillos y se masturbaba mirando aquel espectáculo.

– Vamos nena, come mi polla, mientras miras como me beso con tu marido. – le dijo el mensajero a Teresa.
– Nunca he besado a un hombre. – susurró Esteban.
– Pues hoy va a ser tu día de suerte. – le cuchicheó el mensajero a Esteban.

El mensajero y Esteban se fundieron en un beso de tornillo grandioso, mientras Teresa, agachada, intentaba lamer las pollas de los dos. Teresa notaba como le caían babas del beso tan apasionado entre los dos hombres. La polla de Esteban nunca jamás había estado tan dura. Y ella se sentía feliz, y muy cachonda.
Santi, desde el otro lado de la habitación seguía masturbandose lentamente disfrutando la escena.




El portero se baja al pilón

Para Teresa era el momento más excitante de su vida, con dos pollas en sus dos manos, la de su marido, y la del repartidor. Su boca iba excitada de una polla a la otra mientras los dos hombres se seguían comiendo la boca. Comenzó a segregar como nunca antes, su coño estaba empapado, y su primer orgasmo estaba muy cerca.

El mensajero hizo un gesto en el hombro de Teresa para que se levantara y se uniera en el beso a los dos. Ella, obediente, se levantó y los tres se comieron la boca. Los labios de Teresa sabían a sexo. Se notaba el olor intenso y sexual en aquel cuarto de contadores.

– Chaval, es tu turno. – le musitó el mensajero a Esteban, mientras le hacía un gesto en el hombro invitándole a agacharse.

Esteban estaba tan cachondo que no se lo pensó dos veces. Al agacharse, enfrente, tenía el coño de su mujer y una polla gorda y dura que se tenía que comer. Miró por el rabillo del ojo al cartero, mientras este sonreía, y asentía con la cabeza, animando a Esteban a comerse su primera polla.

Deslizó la mano izquierda sobre el coño de su mujer, y con la mano derecha agarro esa polla desde la base. Acercó sus labios al glande y comenzó a chupar delicadamente su primera polla. Su boca subía y bajaba a lo largo del tronco gordo del pene del mensajero. Mientras tanto, el mensajero comía las tetas de la mujer de Esteban. El dedo de la mano izquierda de Esteban provocó el primer orgasmo en Teresa. Su respiración crecía, y su vulva se empapada, mientras deseaba que aquellos dos hombres la follaran viva allí mismo. Pero para eso tenía que esperar.

El portero – 2ª parte

La escena era la siguiente, el mensajero chupando las tetas de Teresa, apretando sus pezones duros mientras a ella le venía su primer orgasmo. Teresa aguantando la respiración, y con el coño húmedo como un estanque. Esteban, el portero, agachado con una mano acariciando el coño de su mujer, y la otra apretando la base de la polla del mensajero, mientras se la tragaba entera. Al otro lado de la habitación el cartero Santi, lo miraba todo y disfrutaba masturbandose.

– ¡¡ESTEBAN!! ¡¡ESTEBAN!! ¿Donde estás?.– oyeron la llamada de un hombre desde el portal.

El portero no se podía creer que algún vecino lo necesitara justo en el momento más excitante de su vida. Esteban era un profesional y sabía que tenía que atender la demanda de su vecino. Les cortaron en el momento más caliente. Todos se quedaron quietos como estatuas. Era mala suerte….¿o no?.

Lo que ocurrió después no lo olvidarían ninguno de ellos el resto de sus vidas.





CONTINUARÁ – EL PORTERO – 2ª PARTE

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Publicado en: Relatos Originales

30 de agosto de 2018 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Cuándo hacemos el amor, ¿en qué pensamos?

No es secreto. El sexo marca gran parte de nuestra existencia. Hay quienes solo viven por y para ello. Ligar, ir a la cama con alguien. Orgasmos y más orgasmos. Cuándo hacemos el amor, justo en ese momento de placer y felicidad, ¿en qué estamos pensando?

Nuestra mente es una máquina que nunca deja de trabajar. Muchos se esfuerzan por controlar el tipo de imágenes  que se atraviesan por la pantalla de su cabeza. Algunos aseguran que esto (controlar los pensamientos) es perfectamente posible. Para otros, está más cerca de la ciencia ficción que de la realidad.

Durante el sexo, consciente o inconscientemente, el cerebro parece estar más activo. Poner la mente en blanco y solo concentrarse en lo que está haciendo, no siempre es posible. Algunos pensamientos llegan a ser realmente inoportunos. Otros pasan sin que reparemos en su presencia. Mientras que están los deliberadamente generados que persiguen un fin específico. (Casi siempre: prolongar el placer).

Pensamientos comunes (y ordinarios)

Hay quienes respiran con cierto alivio cuando descubren que no son los únicos que piensan en su lista de tareas pendientes durante el sexo. De hecho, este es uno de los pensamientos más comunes cuando hacemos el amor.

Las causas que dan lugar a este detalle tan poco romántico, pueden ser de distinta índole. Demasiado estrés, falta de concentración o hasta desinterés. Pero repasar mentalmente las cosas por hacer no implica en todos los casos que el asunto marche mal.

 

Algunos hombres recurren a este tipo de recursos para «hacer tiempo» y no terminar antes que sea demasiado pronto. Las chicas, por otra parte, siempre hacen gala de sus capacidades multitareas. Así que mientras disfrutan de lo rico que se siente, sacan cuentas de lo que deben invertir en su próxima visita al supermercado.

Preocupaciones masculinas: causar una buena impresión

No todos lo admiten. Pero, en efecto, ofrecer un rendimiento memorable, o cuanto menos, destacable, es la mayor de las preocupaciones de prácticamente todos los hombres cuándo hacemos el amor.

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Nuestras peores pesadillas: acabar antes de tiempo o que nuestro equipo no responda como es debido. Otros pensamientos relacionados y que aparecen con alguna frecuencia, son preguntas del tipo: «¿lo estará disfrutando?» «¿Estará fingiendo o fue un orgasmo real?» «¿Quién le habrá enseñado a hacer eso?»

Preocupaciones femeninas: el físico

Sobre todo, durante la primera vez. Consideraciones como «muy gorda», «demasiado flaca», «la celulitis», «mis senos son muy pequeños» o «mi vagina es enorme». Dicho por muchas de ellas, lo que más les preocupa durante el sexo, tanto como para que en ocasiones les cueste dejar de pensar en ello, es cómo su estado físico estará siendo evaluado.

La sombra del pasado

El sexo es una competencia. Nuestros mayores rivales: la lista de los ex. (Porque casi siempre tiene que haber una lista). Por ello, otro pensamiento que eventualmente se cruza en nuestra mente cuándo hacemos el amor es: «¿seré mejor o peor?»

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Y esto es algo que le ocurre a ellas, ellos, nosotros, heterosexuales, homosexuales… Solo los más seguros de sí mismos no sucumben (con tanta frecuencia) ante la autoflagelación de compararse con otros.

Cuándo hacemos el amor también fantaseamos

Cada caso, cada persona será siempre diferente. Pero es relativamente común estar en medio de la acción con una persona y al mismo tiempo, pensar en otra. No hay que ser psicólogo para saber que si ocurre una o dos veces, no pasa nada. Ahora, si cada vez que estás en la cama con tu pareja te ocurre, entonces ya puedes decir: «Houston, tenemos un problema.»

Sí, los hombres tenemos sentimientos

Es un mito más o menos extendido. Las mujeres -al menos la mayoría- no solo comparte su cuerpo al hacer el amor. También sus sentimientos. Por ello, al momento de la penetración, puede que se pregunten cosas como: «¿para dónde va esta relación?» «¿Sentirá lo mismo que yo?» «¿Será esto amor correspondido o es solo sexo?»

Pero ¡oh, sorpresa! Esta clase de interrogantes también pueden pulular en la mente de algunos hombres, justo en el mismo momento. (Esto a pesar que nuestra función multitasking es bastante más limitada y rápido tenemos que volver a concentrarnos en lo que estábamos haciendo para no perder el ritmo).

¿Hacer el amor o solo es sexo?

Otro mito cada vez más devaluado. Hasta no hace mucho tiempo, muchos (y muchas) creían que solo los hombres podían tener «sexo casual». Ligues sin ningún compromiso, más allá de simplemente pasarla bien por un rato. También se daba por sentado que solo nosotros aplicábamos una distinción entre «hacer el amor» y «tener sexo».

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Pues bien, aunque muchos (y muchas) no quieran aceptarlo, las mujeres también utilizan esta categorización. Y al igual que nosotros, actúan en consecuencia. Es decir, si es solo sexo, nos preocupamos más por nuestro propio placer. Solemos ser más egoístas, aunque sin descuidar por completo a nuestra contraparte. Aunque más por una cuestión de reputación y ego, que por cualquier otra consideración.

Ahora, al hacer el amor con alguien con quien se hizo «clic» y hay profundos sentimientos de por medio, la cosa cambia. En un escenario como este, los pensamientos y las preocupaciones giran mucho más en proporcionar placer. Solo si conseguimos hacer que nuestra pareja disfrute plenamente, podremos alcanzar el nivel de máximo clímax.

 

Publicado en: Opinión

18 de agosto de 2018 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Niño malo

-Eres un niño malo – repitió, a manera de despedida.

Yo me reí mientras arrancaba el coche. Al llegar a mi casa aquella mañana, me sentía sucio. Indigno. Menos mal que mi esposa estaba de viaje con nuestra hija. Así gozaba de un par de días para poner mis pensamientos en orden. Había cumplido con una de mis más viejas fantasías, pero lejos de sentirme realizado, estaba destrozado. Vacío. Y la verdad, no sabía por qué.

Lo disfruté. He de admitirlo que lo disfruté. Y mucho

Sentir todo su cuerpo sobre el mío. Como su sudor se mezclaba con mi sudor. Como me besaba. Lo manera que con su lengua acariciaba cada recodo de mi boca… Como me penetraba.

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Pero en aquel momento, ni siquiera evocar los momentos de lujuria y de placer me reconfortaba. A decir verdad, me daba vergüenza.

Sentía que había abusado de él. Que lo había metido en mi cama e hice que se metiera dentro… Que se metiera dentro de mí. ¿Lo había violado?

Justo antes de bajarse de mi coche y repetirme la frase de que yo era un niño malo, había admitido que aquella había sido su primera vez.

-¿Cuántos años tienes?- quise saber.

-¿Cuantos crees que tengo?- respondió.

-23… 24- me aventuré.

-Tengo 19 años y tres meses nada más…

Me quedé un rato en shock. 19 años. Es solo un niño, pensé. Él es el niño malo. 

Que todavía no hubiese alcanzado los 20 me sorprendió. Aunque que yo -precisamente yo- hubiese sido su primera vez, fue lo que más me golpeó.

A los 19 yo …

Yo llegué algo tarde a la sexualidad activa. Durante mi época en la preparatoria solo jugaba a masturbarme indiscriminadamente pensando en ellas… o en ellos.

Apenas entré a la universidad, rápido recuperé el tiempo perdido. A los 19 ya había alcanzado los dos dígitos en lo que se refiere a parejas sexuales. Aunque solo me aboqué a un segmento de mis fantasías: el de las chicas. No fue una cosa planificada, mucho menos consciente. Simplemente ocurrió así.

niño malo santubearsex

Una tras otras las damiselas desfilaban por mi cama para que las hiciera mías. Incluso de a dos y de a tres. Y yo como lo disfrutaba. Follar se había convertido en mi única razón para vivir. Ser el niño malo era un papel que además me salía natural.

El momento de sentar cabeza

Cuando me hice profesional, apareció la indicada: mi esposa. La mujer de mi vida.

Tenía 25 años cuando nos casamos. Los primeros tres años fueron de puro sexo salvaje alrededor del mundo, pero ya con una sola persona. Me había vuelto monógamo. O como escuché decir alguna vez a un amigo venezolano: monocuco.

Esa también fue una etapa de mi vida que disfruté al máximo.

Luego ella quedó en estado y nació nuestra hija, quien desde el momento en que llegó, se convirtió en mi nueva razón para vivir. Empezamos a ser tres los que viajábamos alrededor del mundo. El sexo siguió allí. Siendo bueno. Siendo exclusivo… Todavía sigue siendo bueno… y salvo excepciones, exclusivo.

El niño malo

Pero verlo a él en mi oficina -fue contratado como uno de mis aprendices- me hizo retroceder a mi adolescencia. Regresé a la época en que me divertía masturbándome por ellas… y por ellos. La vieja fantasía de ser penetrado volvió a mi mente. Yo pensé que se había ido. Pero no. Seguía allí, oculta en algún rincón de mi mente inconsciente.

Apenas me lo propuse, rápido descubrí que no hay mayor diferencia entre llevar a una mujer o a un hombre a la cama. Más cuando el implicado así lo quiere.

Una invitación casual a un bar. Temas superfluos de conversación (él hablaba de todas las chicas de la oficina que le gustaban. Que luego de hacer un recuento, descubrimos que eran todas). Algunas cervezas.

-¿Se lo has dicho a alguna?- quise saber.

-A ninguna

-¿Por qué?

-La verdad, no me atrevo- respondió, resignado y derrotado a partes iguales.

Y allí fue…

-Un chaval tan guapo como tú no debería tener problemas para follarse a quien quiera

-¿Tú crees?- preguntó sonrojado, casi avergonzado. Pero ya había mordido el anzuelo.

-Lo peor que te puede pasar es que te digan que no. Y créeme cuando te digo que eso no duele

25 minutos más tarde estacionaba mi SUV en una cabaña de un discreto motel en las afueras de la ciudad. Aquel era un establecimiento del cual yo fui cliente frecuente durante mis años en la universidad. Después de registrarme se me cruzó por la mente que no lo visitaba desde que me había casado. Deseché aquel pensamiento inoportuno y seguí adelante.

El  momento

Lo desnudé lentamente. Cuando ya no quedaba más nada que quitar, me quedé un rato contemplando aquella figura. Aunque era una situación que muchas veces había recreado en mi mente, era la primera vez que tenía de frente a un hombre desnudo con la intención de follármelo… o más bien, al contrario.

Su tez blanca resplandecía. Pecho lampiño y flaco, con grandes pezones rosados y abdomen completamente plano. Muslos perfectamente definidos y pies grandes, de dedos gruesos y muy limpios. Pero lo mejor estaba justo en medio: una polla gruesa y vigorosa, con unos testículos apenas cubiertos de pelo.

Es solo un niño, pensé en ese momento. Un niño malo. Otro pensamiento que mandé a volar para seguir con lo mío.

Me desvistió, no muy lentamente. Me abrazó. Nuestras penes también se abrazaron. Fue una sensación extraña. Atípica, más bien.

Nos besamos. Sus labios carnosos eran realmente estimulantes. Los mordí con suavidad y sentí como su falo se puso todavía más rígido.

Se puso de rodillas y empezó a mamármelo. Oh, como lo metía dentro de su boca. Todo. Como pasaba su lengua de punta a punta. La forma en que me chupaba las bolas. Como lo mordía.

Parecía que el joven novato e inexperto era yo. No me pude aguantar y rápido me corrí en su boca. Con fuerza y potencia. Como cuando era 20 años más joven y tenía la edad de él.

Se sorprendió al inicio. Luego se levantó, me empujó sobre la cama, me colocó boca abajo y sin darme tiempo a reaccionar, introdujo toda su polla en mí. No pude contener un profundo grito de dolor -de mucho dolor-. Pero también de placer.

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-Has sido un niño malo- me dijo.- Ahora vas a pagar.

Lo hicimos toda la noche. Debo decir más bien, que él me lo hizo toda la noche. Me folló a placer por casi ocho horas, con apenas algunas pausas para ir al baño o comer algo. Allí descubrí que 20 años sí hacen la diferencia.

Sigue siendo mi aprendiz

Ahora cada vez que nos vemos en mi oficina -que irremediablemente es todos los días- el me sonríe con picardía. Como reviviendo nuestro pequeño secreto.

Siguió mis consejos y creo que ya se ha acostado con la todas las mujeres de la empresa. Casadas, divorciadas, solteras, lesbianas. También sospecho que se ha follado a alguno de los hombres. Me recuerda un poco a mí. No discrimina. Aunque a mi me tomó varios años llevarlo al plano real.

-Eres un niño malo- le dije una vez, en medio de una reunión.

-¿Yo?- preguntó, como si nada.

 

 




Publicado en: Relatos Originales Etiquetado como: gay, Niño Malo, Orgías, relatos eróticos, Tríos

11 de agosto de 2018 by Mayra Deja un comentario

De amor y también de sexo

A veces en la vida, una definitivamente no se haya. No encuentras quien eres ni como hacerte de un espacio en la sociedad. Una siente que estuvo equivocada desde el comienzo, que nunca tuvo un lugar en este mundo, donde todo lo juzga o lo menosprecia. Al menos así me siento.

En solitario fue siempre mi infancia, sin nadie que sencillamente se diera la tarea de entenderme. Hasta mi hermano me trataba con odio. Cada vez que podía lanzaba una puerta, dejándome del otro lado con lágrimas en los ojos anhelando su compañía. Solo quería que fuese mi hermano y su amistad.

Buscando el amor

Como quisiera alguna vez encontrar una historia de amor que me haga olvidar todo lo que por tantos años fue mi soundtrack: “Eres un error”. Todos los días me levanto esperando que sea distinto. Escojo mi mejor ropa, me arreglo y salgo a exponerme a la vida. Hoy por ejemplo, salí con el mejor impulso hasta que en el metro sentí un agarrón, sentí que la mano casi que la tenía dentro de mi ropa.

Quienes y con qué derecho se creen los demás de traspasar los límites del respeto. Yo quiero un amor limpio, bonito o al menos si me tocan que sea porque quiero y no porque alguien me lo imponga. Creen que porque me encanta lucir bien y llena de colores, les doy el permiso a meterme manos cuando quieran. Pero eso no es así.

Todas las tardes suelo caminar por el mismo parque. Disfruto un rico helado, esperando ese amor distante que estoy segura espera por mí, en algún lugar. Hoy toca mi rutina nuevamente, día tras día, lograr subirme al metro, llegar al trabajo, hacer mis labores, salir al final del turno y esperar que venga por mí ese amor que tanto sueño.

 

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¿Llegó el tren?

Una tarde calurosa estoy en el andén leyendo un libro mientras espero el tren. Hasta que siento una mirada sobre mi que me sobresalta. Cuando alzo los ojos, él mira concentrado el título de lo que leo. Cuando detalla que me percato de su mirada insistente, me pide permiso muy caballeroso y se despide caminando apresurado hacia una hermosa chica que lo llama y le brinca a los brazos. Suspiro y los veo anhelante de eso que ellos tienen, amor. Solo quiero un pedacito de esa pasión, un pedacito.

Total que llega el tren, subo y decido continuar con la lectura para abstraerme de ese entorno que todos los días me lastima. Por poco, por distraída pierdo la parada, corrí a la puerta. Recibí un pequeño regaño del encargado y bajé apresurada. Al final me hace un gesto de adiós como resignado que siempre alguien baja con retraso del tren.

Al día siguiente, cuando vuelvo al andén noto que está el mismo chico guapo que revisaba la portada de mi libro el día anterior. Mayor sorpresa me llevé que me saluda y me enseña su nuevo libro. Sonreí, creo que hasta me sonrojé y lo saludé igual.

De la misma manera que el día anterior, se va apresurado al ver que la chica lo viene a buscar. Solo que esta vez voltea despedirse de mí y me guiña el ojo.

¡Wao! No puedo creerlo, me guiñó un ojo. Me notó, sabe que existo. Y además, compró el libro por mi ¡Bahh! No puedo creer que haya sido por mi.

¿Hasta cuándo?

Así transcurrieron los días, tanto que yo me apresuraba a llegar al andén para poder verlo bajar del tren e intercambiar miradas antes que la chica linda que venía a buscarlo me lo arrebatara. Además me ve a mi, sabe quién soy. Yo no le he mentido ni me he ocultado tras alguien más.

En esta dulce espera estuve tan solo un par de días más, porque ya luego lo dejé de ver por casi una semana. Había perdido las esperanzas de verlo otra vez. Miraba al horizonte aferrada al libro que había terminado de leer hace más de dos meses, pero no me importaba porque él lo estaba leyendo.

Ya no más

No sé ni por qué ni de dónde me nace llorar como si hubiese perdido un gran amor. Lloraba y abrazaba con todas mis fuerzas el libro a mi pecho. No sé por cuánto tiempo lloré, pero lo hice por el suficiente. Me prometí dejar esa insistencia mía en sufrir por sufrir. Sequé mis lágrimas, me levanté con impulso, me dirigí al basurero más cercano, me despedí de mi sueño, besé el libro y lo lance a la basura. Por esta vez no me iba a subir al tren, iba por un trago que tantas veces yo me había negado, por querer un amor puro y no uno casual, pero he decidido darme la oportunidad y punto.

 

Justo cuando voy saliendo de la estación, siento dos fuertes brazos que me agarran, me voltea hacia él, sujeta mi rostro con sus manos y me pide perdón. ¡Waoo! No lo puedo creer. Eres tú,  volviste. Pensé que no te vería de nuevo.

Solo tapa mis labios con un dedo y ahí sin pena ninguna, me besa apasionadamente, con tanto ímpetu que olvidó al instante por qué estaba llorando.

No salgo de mi asombro. Me abraza y me dice que lo siente. Que no entendía qué significaba para él verme todos los días hasta que terminó el libro y no me vio más.

-Tú me gustas y yo sé que yo a ti. Por favor, ¿me das una oportunidad? Dame una noche, una mañana y una vida para demostrarte que me importas.

Me besó con tanta furia que pensé en desnudarnos ahí mismo. Sonreímos y corrimos por todas las calles hasta su casa. Que sorpresa cuando llegamos, es una quinta hermosísima y grande. El mayordomo cuando nos vio trago saliva, fue a decirle algo y él lo cortó diciendo que no le importa lo que los demás piensen.

Mi primera vez…

Esa noche fue mi primera vez con un hombre hermoso, musculoso, grande, con una polla gigante que me mamé todo lo que pude. Con furia, con deseo con lujuria. Él me arrancó el traje, me bajo los interiores, me puso contra la pared y me penetro tan duro. Pensé que no resistiría, pero no por el dolor sino por el placer de sentirme suyo y el mío. Jugamos toda la noche, yo con esa verga gigante que me encanta y él con la mía en su boca, cuantas veces quiso acabó dentro de mi. Me mordió, me cogió duro, yo me dejé todo lo que él quiso.

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Ya cuando vi salir el sol por la ventana, vi la mitad de su rostro totalmente dormido sobre la cama, su gran equipo, su abdomen perfecto, el chocolate, el champagne y no me dio la gana de resistirme a mis deseos.

Lo fui besando desde los pies, los muslos, sus bolas. Lamí todos y cada uno de sus cuadritos. Me lo disfrute de arriba a abajo, cuando sentí que ya estaba activo y bien despierto suplicando que siguiera.

-Ahora me toca cogerte a ti. Voltéate bebé, que ahora eres mío-. Lo amarré con la sábana sutilmente, para que las sábanas quedarán sueltas y yo pudiera moverlo a mi antojo, hasta ponerlo en cuatro cuando se me antojara, cada mano a una punta de la cama y los pies de igual forma. Todo mientras lo besaba por todos lados. Él tenía ya la polla bien parada, me la mame y me llene de su néctar.

De lo que me estaba perdiendo

Cómo jamás había estado con un hombre, no lo entiendo. Es la sensación más divina de la vida. Después que gritó al acabar en mi boca, me limpie delicadamente con la misma sábana, lo puse en cuatro y le metí mi polla hasta el fondo, tantas veces como pude. Mientras más gritaba, más me excitaba y más dura se me ponía. Me suplicó que no me lo dejara de coger. Cuando sentí que ya iba a acabar, le susurré al oído que no me olvidara, porque yo jamás me olvidaría de él.

Después de pasar esta noche loca, los dos dormimos, él amarrado y yo acurrucado a su lado. Nuestra primera vez juntos. Al despertarme me dí cuenta que ya estaba oscureciendo. Me lo volví a coger, lo desperté con mi polla dentro de él, en lo más profundo. Me lo cogí tantas veces como pude, hasta que decidí soltarlo. Él me beso, me apretó contra su pecho caliente y me dijo: yo sé quién soy, tú ya sabes quien eres. Yo te quiero junto a mi, cogerte cuando quiera y que seas mi hombre, mi macho, mi amor.

En el cielo

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Pasamos en este juego, cogiendo por toda la casa, delante de quien nos quisiera ver, delante de los sirvientes que corrían espantados cuando nos veían venir. Cogimos en la piscina, en la cocina.

Cuando el sueño se acabó al transcurrir los días y reaccionar que seguro ya había perdido mi trabajo y todo, me bañé fui sigiloso, ya con la satisfacción de sentirme querido y deseado por alguien. Le dejé una pequeña nota que decía: volveré por más.

Pero me tardé en volver

Pasaron un par de años antes de enfrentarme a mi realidad. De aceptar lo que mi alma gritaba: me gustan los hombres. Pero cuando decidí buscarlo ya no lo encontré. La casa estaba cerrada y me enteré que su papá quemó prácticamente todo aborrecido que su hijo fuese gay.

Seguí con mi vida aburrida, monótona y rutinaria, aparentando lo que no soy, hasta que no pude más con el dolor de la nostalgia de una gran pasión, de un amor. Ese hombre había logrado moverme el piso y aceptarme sin importar nada más. No sé porque el miedo me impidió buscarlo antes.

Y volví al andén

Decidí día tras día volver al único sitio en común que permitió nuestro encuentro. Quizás algún día él lo entendería, que me equivoque y que siempre lo esperaré. Una de esas tantas tardes, caminaba por el andén y lo vi a la distancia, sentado en aquella banca de aquella vieja estación de metro donde antes, hace tan poco tiempo, yo lo esperaba.

He vuelto constantemente  solo por lo mucho que lo extrañaba, su aroma, su cuerpo, su audacia. Mientras desvariaba, pensé que era otro de esos tantos sueños despierto, donde lo veo esperarme, cuando de repente reacciono, no podía creerlo, si era él, ahí sentado leyendo un viejo libro, que cuando atinó a reconocer la portada, veo que es nuestro libro.

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No camino sino corro a su encuentro, deteniéndome de golpe, cuando vuelve a aparecer la figura de aquella mujer misteriosa, que solía esperarlo en el andén y por la que nunca pregunté.

¿Por qué?

Me frené tan de golpe, que todos mis sentimientos se agolparon en mi pecho. Decidí en el acto no seguir sufriendo por alguien que seguro me había olvidado. Fuí solo una aventura no más. Me di media vuelta para irme, cuando el viento me trajo a los oídos sus palabras: linda hermanita llegaste, me has hecho mucha falta.

Sentí una mezcla de sentimientos tan intensas que no supe como reaccionar, corrieron lágrimas por mi mejillas al darme cuenta lo estúpido que he sido. Celoso, de que? 

Él percibe mi presencia y al voltear a verme, nuestras miradas se cruzaron. Yo me quede como la primera vez: paralizado. Él corre a mi, me sostiene el rostro y me dice: volviste amor. Nunca he dejado de buscarte.

Echa un vistazo al siguiente relato erótico «El Vasco»

Publicado en: Relatos Originales Etiquetado como: amor, gay, polla, viaje en tren. sueño de una vida

24 de julio de 2018 by Raúl Deja un comentario

EL PORTERO

El Portero – Relato Erótico

Esteban tenía todo lo que podía desear uno en la vida. Tenía una mujer preciosa, y una par de churumbeles de 2 y 4 años. Esteban trabajaba de conserje en un edificio del centro de la ciudad. En aquel inmueble vivían las familias más pudientes de la ciudad. Era una finca enorme y el portero se sentía muy querido y apreciado en su trabajo. Vivían en la casa del portero que estaba en el ático del edificio.
Su rutina diaria era siempre la misma. Se despertaba sobre las 6 de la mañana, y retozaba en la cama con su mujer. Se despertaba siempre con una empalmada fuerte y siempre tenía ganas de clavársela. Evidentemente su mujer, Teresa, no le hacía mucha gracia que todos los días la despertaran con la polla en la boca. Pero, aún así, Esteban bajaba a trabajar todos los días con el depósito vacío.

Limpieza de portal y sorpresa

A diario lo primero que hacía era limpiar el portal. Ya bajaba con el buzo azul puesto de casa. Lo primero era una barrida general y luego pasaba a los cristales. Mientras limpiaba los vecinos iban bajando y saludando a Esteban. Sobre las 11 de la mañana llegaba el cartero a entregarle la correspondencia del vecindario.
El cartero era un tipo delgado, más bien fibrado. Se notaba que hacía deporte y estaba en forma. Lucía siempre unos pantalones ajustados que hacían que su paquete sobresaliera de manera importante. A la vez que el cartero le entregaba las cartas a Esteban, apareció un mensajero con un enorme paquete. El portero se quedó parado.

Atracción sexual hacia otro hombre

Esteban no había sentido nunca nada igual a lo que sintió al ver entrar al mensajero al portal para hacerle entrega del paquete para un vecino. Los ojos de Esteban recorrian el cuerpo del mensajero de arriba a abajo, y los ojos del mensajero, también hicieron hincapié en el cuerpazo de Esteban. Y mientras tanto, el cartero en medio. Aunque las miradas fueron muy discretas, el cartero se coscó de todo.
– Traigo este paquete para el Señor Terranova.- dijo el mensajero.
– ok, ok, dígame donde tengo que firmar.- le contesto Esteban.
Mientras tanto el cartero se despidió.
– Adiós Esteban, hasta mañana.
Esteban contestó sin demasiado afán. El mensajero le dio la hoja a firmar mientras Esteban no apartaba la mirada de aquel hombre.
– ¿Tiene usted un lavabo aquí?, me estoy meando hace una hora.- le preguntó el mensajero.
– Sí. Claro. Sígueme.- respondió Esteban.
Esteban le guió hasta su baño privado en la entreplanta. Al lado del cuarto de contadores.

La mujer de Esteban

Teresa era un portento de mujer. Unos pechos enormes apuntando hacia delante le conferían un aspecto firme y seguro. Un culo redondo y duro en el que todos los hombres, y alguna mujer también se paraban a mirar. El marido estaba orgulloso de su mujer.
El ascensor se abrió y apareció Teresa. Comenzó a buscar a Esteban, y lo encontró en la puerta del baño.
– ¿Que haces ahí cariño?.- le preguntó ella.
– Ha venido un mensajero y me ha pedido que le dejara entrar a mear.- contestó Esteban.
No había terminado de decir la frase y salió el mensajero abrochandose la cremallera.
– Muchas gracias. Me estaba meando hace más de una hora.- dijo el mensajero.

El deseo oculto de Esteban

Esteban cogió la mano de su mujer, y la apretó suavemente. Sus hormonas estaban disparadas, y sentía la necesidad de tocar a aquel hombre, pero no sabía como. Así que Esteban hizo lo más fácil. Le dió un beso de tornillo a su mujer enfrente del mensajero.
– Perdón, no quiero interrumpir.- dijo este.
– No interrumpes, queremos que te unas a nosotros.- contestó Esteban.
Teresa se quedo con la boca abierta.
– Si mi mujer quiere, claro.- se apresuro a decir Esteban de nuevo con un guiño hacia Teresa.
La idea no le disgustó a Teresa, y en décimas de segundo decidió que hacía mucho tiempo que no chupaba nada distinto a la polla de Esteban. Alargó el brazo y cogió la mano del mensajero acercándolo hacia ellos. Los tres se fundieron en un largo beso delante de la puerta del baño.

…CONTINUARÁ…






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El portero – Relato Erótico.

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