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relatos eróticos

25 de abril de 2019 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Apps de citas. Día 1: Nunca acabes en mi boca

Estaba resignado. Pasaría una semana santa solo y triste. Condenado a trabajar en el periódico redactando notas de interés turístico. Con mi novia escapada con una amiga a Cancún y con todos los Piratas del Caribe navegando a su alrededor para ligársela. No había mucho por hacer. Serían cuatro días de mucho sexo. Pero no para mí. (O eso es lo que yo pensaba).

Un colega de la redacción me sugirió que, como estaría unos días de soltero, aprovechara y saliera de pesca a unas Apps de citas. “Haz que las cosas pasen”, me dijo. Y vaya que sí pasaron. De hecho, pasó de todo.

La abogada

No tuve que esperar mucho tiempo para conseguir un ligue. Intercambio de “holas” y oh, “tienes un crush”.

– ¿Cómo estás?

– Bien, y tú.

– Muy bien, gracias.

– Oye, sí que estás guapo  

– ¿Qué buscas en las Apps de citas?

– Pues, si te soy honesto: mucho sexo

– ¡Qué bien! Yo también

Dos horas más tarde me estacionaba en un discreto motel del sur de la ciudad que no conocía, pero que mi crush sí. Ella era de piel morena muy oscura y brillante. 1.80 metros de alto. Esbelta, con grandes (muy grandes) senos y unos glúteos majestuosos y perfectamente formados. ¡Qué culo!

La verdad no me tuve que esforzar mucho. Apenas entramos a la habitación, ella tomó el control. “Yo soy la ley”. Ante aquella morenaza imponente, lo único que alcancé a decir fue: “haz de mí lo que quieras”. Y vaya que sí lo hizo.

Apenas cerró la puerta me empujó contra una pared. Me desabotonó la camisa y el pantalón, mientras me besaba con violencia. Su lengua (¡qué lengua!) exploraba a placer todos los confines de mi boca.

Sin despegar los labios de mi cuerpo, fue bajando por mi nuca, se entretuvo un rato en el pecho, me mordió con fuerza ambos pezones, luego se detuvo unos instantes en el abdomen, hasta que llegó a mi polla. (¿En qué momento me había quitado los pantalones?)

Ha sido la mejor mamada en la vida. Al principio, suave y delicada. Su gran lengua (ya les había dicho que era sensacional su lengua) se limitaba a acariciar la punta descubierta de mi erecto pene. Luego los recorridos empezaron a hacerse más largos, hasta llegar a la base, a las bolas.

Ya no era delicada, era brusca. Sus labios succionaban a placer, mientras que sus dientes empezaron a hacerse sentir. Ya no podía aguantar, las venas de mi vasto miembro parecía que iban a reventar. Todo yo iba a reventar.

– Todavía no – me ordenó.

Sí, ella era a ley…

Pero no pude aguantarme y acabé. Eso le molestó mucho. Se levantó y me abofeteó. Luego me beso con rabia, traspasando todo el esperma que yo había derramado dentro de su boca a la mía. Esto me desconcertó un poco. Era una situación realmente incómoda.

– Esto para que más nunca acabes en la boca de nadie… a menos que te lo pida

Me agarró por el pene y me llevó a rastras hasta la cama de la habitación. Me lanzó sobre el colchón y se sentó sobre mí.

– Tienes cinco minutos para que tu amigo se recupere. Sino, te caerá la ley

¿Con qué loca me había metido? Desde la posición en la que estaba podía contemplar sus maravillosos senos, coronados con unos prominentes pezones negro azabache. Grandes, erectos.

– ¿Quiéres? – me preguntó, sosteniéndolos uno en cada mano. Evidentemente orgullosa de sus lolas.

Mi turno

No me dio tiempo de responder. Cuando reaccioné, sus pechos estaban sobre mi cara. Yo mordía, besaba, lamía sin consideración. Ella se movía de un lado a otro para que yo llenara con mi saliva ambos lados. Consideré que ya era tiempo de tomar el control. Me impulsé para quedar yo encima de ella y seguí comiéndome sus senos largo rato. Su cuerpo se contorsionaba bajo el mío. Empezó a gemir cada vez más alto. Le gustaba.

Apps de citas senos Santubearsex

Sin escalas bajé hasta su sexo e introduje mi lengua dentro. La textura de sus paredes era muy delicada. ¡Qué sabor! Ahora sí gritaba. Pedía más.

Métemela, ya

Sí, ella era a ley. Ella mandaba. Sus deseos eran órdenes. Se la metí hasta el fondo. Sin atenuantes, sin vergüenza. “Sí, sí, sí…” No dejaba de gritar.

Mi dominio efímero se diluyó en ese instante. Con una facilidad pasmosa me lanzó sobre la cama, quedando otra vez encima. Con mi polla dentro, danzaba alegremente, meneando salvajemente sus caderas de un lado a otro. Dolía, por un momento llegué a creer que me la iba a arrancar.

De nuevo no fue mucho lo que puede aguantar. Ella me lanzó una mirada condescendiente y se levantó.

– Me voy a bañar – dijo.- Pero no me sigas. No te lo mereces.

Nunca me había sentido tan derrotado. No me quedaría con esa. Buscaría la revancha. Pero para completar mi ridículo, me quedé dormido. Cuando me desperté, se había ido. (Ya sé lo que están pensando: no me robó nada).

Apps de citas, Día 2

Después de tomar una ducha, considerando que tenía la habitación rentada hasta la mañana siguiente y que mi novia estaba a miles de kilómetros de distancia, decidí salir de pesca otra vez en las apps de citas. En una de ellas, tenía mensajes de varios hombres. (Había marcado que estaba interesado en hombres accidentalmente. ¿De verdad fue un accidente?).

Siempre había sentido curiosidad de probar con un hombre. Quería saber que se sentía… mamar, ser penetrado. (Alguna vez, llenando una encuesta de una revista, me definí a mí mismo como “heterocurioso”).

Pero, ¿estaba preparado para dar el paso? Se los cuento después…

Publicado en: Relatos Eróticos, Relatos Originales Etiquetado como: Apps de citas, relatos eróticos, relatos originales, Santubearsex, Sexo

8 de noviembre de 2018 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Puta de profesión, pura de corazón. Parte IV: Adictos al sexo

Cuando dejé a Robert y a George en la habitación de aquel lujoso hotel de las afueras de la ciudad, no imaginaba lo que el futuro tenía guardado para mí. Lo mejor estaba por llegar, literalmente. También me tocó asumir que mi nombre ahora figuraba oficialmente en la lista de los adictos al sexo.


CAPÍTULO IV

adictos al sexo desayuno santubearsex Me detuve a desayunar en un viejo café del centro de la ciudad. Pedí una ración de huevos revueltos con patatas fritas. Estaba urgida de calorías y no me importaba saltarme la dieta una vez. También ordené café y una coca cola. Definitivamente, mi cuerpo clamaba por energía. Después de 12 horas del sexo más salvaje que había tenido en mi vida, creo que podía darle todo lo que me pedía.

Tomé el subterráneo y en 15 minutos estuve en casa. Por pura costumbre, encendí la laptop y abrí mi correo electrónico. Quería cancelar una cita que tenía pautada para aquella misma tarde. Por primera vez en mucho tiempo, no me apetecía follar. Lo único que quería era dormir.

Cuando estaba por apagar la computadora y desconectarme del mundo, un nuevo mensaje llegó. Estuve a punto de ignorarlo. Pero después que vi quien era el remitente, no pude pasarlo por alto. Era de Robert.

La carta

Oh, mi niña. ¿Qué me has hecho? Anoche, debo admitir que por momentos, tenía ganas de asesinarte con mis propias manos. Lo que hiciste. Lo que mi hiciste hacer… Dios.

Pero creo que tú lo descubriste primero que yo. Sabías que era lo que necesitaba. Sabías que mi etiqueta de adicto al sexo no era más que una fachada. No porque no lo fuera. (Sí soy de los adictos al sexo). Solo que había pasado toda mi vida follando de la manera equivocada.

Gracias, de verdad…


Puta de profesión, pura de corazón. Parte II: Consecuencias


¿Gracias?

La carta de Robert se extendía perezosamente entre agradecimientos y lo feliz que estaba. También daba detalles de lo bien que se sentía llevar a su boca «una polla tan grande y tan rica como la de George» y tragarse toda su leche.

Estuve a punto de abandonar la lectura en un par de oportunidades, pero sentía que debía llegar al final. Menos mal y lo hice.

Mi nueva vida

Desde ese día, Robert se convirtió en mi protector. «No tendrás que volver a prostituirte más nunca, mi niña.» Prometió que desde ese mismo instante, todos mis gastos correrían por su cuenta. Más nunca tendría que preocuparme por dinero.

Y así fue. Los siguientes dos años solo me dediqué a estudiar. Mis días de citas clandestinas y hombres adictos al sexo quedaron en el pasado… o casi.

adictos al sexo salvaje santubearsex Si bien dejé de vender mi cuerpo, no podía dejar de follar. Todos los días. A cualquier hora. Tuve que asumir que mi vida lejos de los placeres de la carne y del pecado no era lo mío. Necesitaba que me cogieran. Y duro.

Toda  mi experiencia previa me sirvió para siempre acertar al momento de seleccionar a mis juguetes sexuales. El sexo ya no era por dinero. Solo por puro placer y lujuria. Y eso lo hacía mucho más sabroso.

Adictos al sexo

Algunos de mis compañeros de clases y casi todos mis profesores también pasaron por mi cuerpo. Nunca esperé otro beneficio que no fuera un orgasmo estremecedor. Y si eran dos o tres, mucho mejor.

De Robert y George no supe mucho durante aquellos tiempos. Todos los meses, sin falta, me aguardaba un suculento cheque en mi buzón.

Hasta que terminé mis estudios. El día del acto de grado, recibí un sobre de manos de un cartero bastante sexy, con el que creo me había acostado un par de veces. Era mi regalo de graduación: Robert y George me invitaban a pasar con ellos un fin de semana en su casa de Ámsterdam.

Dentro del sobre venía una extensa carta de Robert, escrita esta vez a mano alzada. De nuevo se extendía en agradecimientos por lo feliz que era en su nueva vida. La misiva cerraba con una aclaratoria: «no te preocupes por el frío.» (Era finales de noviembre y aquel prometía ser el invierno con las temperaturas más bajas en 100 años). «George y yo le daremos a tu cuerpo todo el calor que necesite… y mucho más.»

¿Qué tenían en mente? Me moría por averiguarlo.


Puta de profesión, pura de corazón. Parte I: Conociendo a Robert

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18 de agosto de 2018 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Niño malo

-Eres un niño malo – repitió, a manera de despedida.

Yo me reí mientras arrancaba el coche. Al llegar a mi casa aquella mañana, me sentía sucio. Indigno. Menos mal que mi esposa estaba de viaje con nuestra hija. Así gozaba de un par de días para poner mis pensamientos en orden. Había cumplido con una de mis más viejas fantasías, pero lejos de sentirme realizado, estaba destrozado. Vacío. Y la verdad, no sabía por qué.

Lo disfruté. He de admitirlo que lo disfruté. Y mucho

Sentir todo su cuerpo sobre el mío. Como su sudor se mezclaba con mi sudor. Como me besaba. Lo manera que con su lengua acariciaba cada recodo de mi boca… Como me penetraba.

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Pero en aquel momento, ni siquiera evocar los momentos de lujuria y de placer me reconfortaba. A decir verdad, me daba vergüenza.

Sentía que había abusado de él. Que lo había metido en mi cama e hice que se metiera dentro… Que se metiera dentro de mí. ¿Lo había violado?

Justo antes de bajarse de mi coche y repetirme la frase de que yo era un niño malo, había admitido que aquella había sido su primera vez.

-¿Cuántos años tienes?- quise saber.

-¿Cuantos crees que tengo?- respondió.

-23… 24- me aventuré.

-Tengo 19 años y tres meses nada más…

Me quedé un rato en shock. 19 años. Es solo un niño, pensé. Él es el niño malo. 

Que todavía no hubiese alcanzado los 20 me sorprendió. Aunque que yo -precisamente yo- hubiese sido su primera vez, fue lo que más me golpeó.

A los 19 yo …

Yo llegué algo tarde a la sexualidad activa. Durante mi época en la preparatoria solo jugaba a masturbarme indiscriminadamente pensando en ellas… o en ellos.

Apenas entré a la universidad, rápido recuperé el tiempo perdido. A los 19 ya había alcanzado los dos dígitos en lo que se refiere a parejas sexuales. Aunque solo me aboqué a un segmento de mis fantasías: el de las chicas. No fue una cosa planificada, mucho menos consciente. Simplemente ocurrió así.

niño malo santubearsex

Una tras otras las damiselas desfilaban por mi cama para que las hiciera mías. Incluso de a dos y de a tres. Y yo como lo disfrutaba. Follar se había convertido en mi única razón para vivir. Ser el niño malo era un papel que además me salía natural.

El momento de sentar cabeza

Cuando me hice profesional, apareció la indicada: mi esposa. La mujer de mi vida.

Tenía 25 años cuando nos casamos. Los primeros tres años fueron de puro sexo salvaje alrededor del mundo, pero ya con una sola persona. Me había vuelto monógamo. O como escuché decir alguna vez a un amigo venezolano: monocuco.

Esa también fue una etapa de mi vida que disfruté al máximo.

Luego ella quedó en estado y nació nuestra hija, quien desde el momento en que llegó, se convirtió en mi nueva razón para vivir. Empezamos a ser tres los que viajábamos alrededor del mundo. El sexo siguió allí. Siendo bueno. Siendo exclusivo… Todavía sigue siendo bueno… y salvo excepciones, exclusivo.

El niño malo

Pero verlo a él en mi oficina -fue contratado como uno de mis aprendices- me hizo retroceder a mi adolescencia. Regresé a la época en que me divertía masturbándome por ellas… y por ellos. La vieja fantasía de ser penetrado volvió a mi mente. Yo pensé que se había ido. Pero no. Seguía allí, oculta en algún rincón de mi mente inconsciente.

Apenas me lo propuse, rápido descubrí que no hay mayor diferencia entre llevar a una mujer o a un hombre a la cama. Más cuando el implicado así lo quiere.

Una invitación casual a un bar. Temas superfluos de conversación (él hablaba de todas las chicas de la oficina que le gustaban. Que luego de hacer un recuento, descubrimos que eran todas). Algunas cervezas.

-¿Se lo has dicho a alguna?- quise saber.

-A ninguna

-¿Por qué?

-La verdad, no me atrevo- respondió, resignado y derrotado a partes iguales.

Y allí fue…

-Un chaval tan guapo como tú no debería tener problemas para follarse a quien quiera

-¿Tú crees?- preguntó sonrojado, casi avergonzado. Pero ya había mordido el anzuelo.

-Lo peor que te puede pasar es que te digan que no. Y créeme cuando te digo que eso no duele

25 minutos más tarde estacionaba mi SUV en una cabaña de un discreto motel en las afueras de la ciudad. Aquel era un establecimiento del cual yo fui cliente frecuente durante mis años en la universidad. Después de registrarme se me cruzó por la mente que no lo visitaba desde que me había casado. Deseché aquel pensamiento inoportuno y seguí adelante.

El  momento

Lo desnudé lentamente. Cuando ya no quedaba más nada que quitar, me quedé un rato contemplando aquella figura. Aunque era una situación que muchas veces había recreado en mi mente, era la primera vez que tenía de frente a un hombre desnudo con la intención de follármelo… o más bien, al contrario.

Su tez blanca resplandecía. Pecho lampiño y flaco, con grandes pezones rosados y abdomen completamente plano. Muslos perfectamente definidos y pies grandes, de dedos gruesos y muy limpios. Pero lo mejor estaba justo en medio: una polla gruesa y vigorosa, con unos testículos apenas cubiertos de pelo.

Es solo un niño, pensé en ese momento. Un niño malo. Otro pensamiento que mandé a volar para seguir con lo mío.

Me desvistió, no muy lentamente. Me abrazó. Nuestras penes también se abrazaron. Fue una sensación extraña. Atípica, más bien.

Nos besamos. Sus labios carnosos eran realmente estimulantes. Los mordí con suavidad y sentí como su falo se puso todavía más rígido.

Se puso de rodillas y empezó a mamármelo. Oh, como lo metía dentro de su boca. Todo. Como pasaba su lengua de punta a punta. La forma en que me chupaba las bolas. Como lo mordía.

Parecía que el joven novato e inexperto era yo. No me pude aguantar y rápido me corrí en su boca. Con fuerza y potencia. Como cuando era 20 años más joven y tenía la edad de él.

Se sorprendió al inicio. Luego se levantó, me empujó sobre la cama, me colocó boca abajo y sin darme tiempo a reaccionar, introdujo toda su polla en mí. No pude contener un profundo grito de dolor -de mucho dolor-. Pero también de placer.

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-Has sido un niño malo- me dijo.- Ahora vas a pagar.

Lo hicimos toda la noche. Debo decir más bien, que él me lo hizo toda la noche. Me folló a placer por casi ocho horas, con apenas algunas pausas para ir al baño o comer algo. Allí descubrí que 20 años sí hacen la diferencia.

Sigue siendo mi aprendiz

Ahora cada vez que nos vemos en mi oficina -que irremediablemente es todos los días- el me sonríe con picardía. Como reviviendo nuestro pequeño secreto.

Siguió mis consejos y creo que ya se ha acostado con la todas las mujeres de la empresa. Casadas, divorciadas, solteras, lesbianas. También sospecho que se ha follado a alguno de los hombres. Me recuerda un poco a mí. No discrimina. Aunque a mi me tomó varios años llevarlo al plano real.

-Eres un niño malo- le dije una vez, en medio de una reunión.

-¿Yo?- preguntó, como si nada.

 

 




Publicado en: Relatos Originales Etiquetado como: gay, Niño Malo, Orgías, relatos eróticos, Tríos

20 de junio de 2018 by Aureliano Olivares Deja un comentario

Historias de sexo salvaje. Primera parte: sorpresa en Toledo

Hay cosas que uno solo piensa que pasan en la TV o en las películas. Escenas de telenovela barata grabadas en alguna parte de Miami, donde la protagonista habla con acento mexicano, el galán es venezolano o colombiano y la villana es de Argentina. Situaciones bizarras que solo pueden tener lugar en una película de Almodóvar o de Bigas Luna. Historias de sexo salvaje digno de cine porno. Fantasías que solo a gente con el rostro de Brad Pitt pueden ocurrirles. Pero aquella semana, a mi me pasó de todo… Y aún no entiendo como conseguí sobrevivir para contarlo.

Día uno, primera parte

Sexo salvaje aeropuerto santubearsex Todo empezó cuando quise dármela de listo y sorprender a mi chica. Debía tomar en Barajas un vuelo para Caracas, para ir a poner en orden algunas cosas de mi abuelo, quien había salido de España huyendo de Franco y ahora corría de regreso espantado por los herederos de Chávez.

Pero el vuelo fue cancelado por una falla técnica de último minuto. Los de la aerolínea nos dieron a los pasajeros la opción de embarcarnos en otro avión que salía hacia Medellín y de allí montarnos en un tour que incluía una conexión en Maracaibo antes de aterrizar en la capital de Venezuela. O esperar dos días para la próxima salida directa hasta el Aeropuerto Simón Bolívar. Opté por lo segundo. Hacer turismo tropical en solitario no era algo que me llamase mucho. Además, tendría dos días más para estar con mi chiqui.

Sexo salvaje en mi casa

Mientras iba en el Uber hasta Toledo, soñaba con todas las formas posibles en que me la iba a follar con aquellos dos días de regalo que nos había dado Iberia. Sería sexo salvaje en estado puro.



Lo haríamos en el baño, bajo la ducha. Ella de pie, despaldas a mí, apoyada con ambas manos en la puerta corrediza y yo penetrándola por detrás.

Luego en la mesa de la cocina. Ella en cuatro patas sobre el tablón y yo sujetándola duro, con una mano en la cintura y la otra trenzada en su cabellera.

También en el balcón. Al amanecer o al atardecer. Fingiríamos estar viendo el cielo, yo abrazándola por la espalda y ella sin poder disimular el placer que le hago sentir, mientras la vieja que vive en el piso del otro lado de la calle no para de cuchichiar al teléfono, santiguándose de manera compulsiva cada cierto tiempo, sin dejar de ver por la ventana de su cuarto.

Casi acabo yo solo en la parte de atrás del Seat que no terminaba de llegar. Opté con entretenerme con idioteces del tipo quién ganaría un uno contra uno entre LeBron James y Michael Jordan para disimular mi calentura.

Cuando por fin llegué a mi casa, no daba crédito a lo que veía…

¿Qué haces aquí?

Mi chiqui y yo llevábamos dos semanas viviendo en un pequeño piso de un solo ambiente que rentamos en el casco central de la capital de Castilla-La Mancha. Sin embargo, poco nos veíamos, porque ella trabaja toda la noche como enfermera y yo estoy todo el día de gerente en una oficina bancaria. Las pocas veces que coincidimos en nuestro lecho de sexo salvaje, lo único que hicimos fue dormir.

Durmiendo no la encontré. Estaba desnuda, en cuatro patas, en medio de la cama, (de nuestra cama), mientras un tipo con cara de doctor se la follaba por detrás… como yo nunca había podido. Ambos estaban de frente a la puerta, por lo que me vieron en el momento en punto en el que yo entré.

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Pero estaban demasiado ocupados como para detenerse. Sin ignorarme (ninguno de los dos me quitaba la mirada de encima), continuaron en los suyo. Parecía incluso que él empezaba a imprimir más violencia. Ella no disimulaba los gemidos, que de a poco fueron ganando en intensidad.

Me quedé petrificado viendo la escena. No sabía qué hacer. Mi polla no pareció disgustarle aquello y rápido se puso rígida, lista para entrar en acción. Pero mi orgullo herido pudo más y me contuve.

Mientras el invasor estaba a punto de acabar (o al menos eso parecía), mi chiqui me preguntó entre dos gemidos de placer qué estaba haciendo allí.

Fue entonces cuando la verga del intruso quedó a la vista (era impresionantemente más grande que la mía) y derramó todo el semen sobre la espalda de la que yo creía, era el amor de mi vida.



No pude más, aquello fue demasiado. Salí espantado, lejos de aquella pesadilla.

Ya que estás aquí, quédate y únete a la fiesta…

Mientras corría por las escaleras, pude escuchar cuando ella me gritaba: “Aarón, espera”. La puerta del apartamento se abrió y ella se paró desnuda en medio del pasillo. Su piel canela en un metro ochenta iluminaba toda la estancia. Su sexo calvo y sus prominentes senos (aquellos en donde había nadado a placer, creyendo que eran solo míos), se mostraban al mundo sin ningún pudor. “Ya que estás aquí, ¿no quieres intentarlo?”

… Continuará

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