La vecina del Ático – Primera Parte

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Los vecinos de toda la vida

Cuando, hace unos años, se adquirieron un ático en un edificio nuevo mis progenitores terminaban de casarse. Para ellos era lo más grande que podían soñar. Siempre y en todo momento habían querido un piso alto con una enorme terraza y con orientación al mar.

Todo eso lo habían estudiado desde el instante en que eran novios y cuando les salió la ocasión la aprovecharon. El piso era bastante grande y con mucha luz y sobre todo, con lo que insistía mi padre, que fuera fresco y desde este se viese en la distancia el azul del mar en el horizonte. Si bien con los años los nuevos edificios ya nos hayan tapado la vista prosigue siendo fresco en verano.

La cuestión es que se trasladaron. A los poquitos días, el ático de al lado asimismo tuvo actividad. Una pareja afín a ellos iba a ocuparla. Eran recién casados también y para la limpieza como no tenían ni agua ni luz aún pasaban a mi casa a por ella. Conforme me contaron mis padres nací por año siguiente de vivir allá y la otra pareja se encariñó mucho conmigo.




La vecina del Ático

Mi vecina tiene por nombre Pilar y es una muchacha normal, no es fornida más bien delgada y sin grandes atributos. Ni mucho pecho ni trasero. Lo que se podía llamar una chavala corriente. De cara no estaba mal especialmente cuando se maquillaba, siempre y en toda circunstancia llevaba una melena cortita, morena.

Su marido, lleva por nombre Pedro, en cambio es más afortunado físicamente que su mujer y sobre todo muy activo y simpático.

Mis progenitores son todo lo opuesto. Mi madre que tiene por nombre Pepa es más mujer, con mejor tipo y no le hace falta pintarse para estar linda. Rubia de pelo, se lo deja largo muy frecuentemente y otras se lo recoge con 2 trenzas.

Mi padre Antonio es más bajo que mi madre y lo que ha perdido de pelo lo ha ganado en barriga. Tal vez fuera el motivo de que dedicó al transporte en camión y se pasaba los días conduciendo.

Yo según me cuentan fui un chiquillo precoz. Iba adelantado en todo. Cambié los dientes infantiles prontísimo, charlé y anduve demasiado pronto y si bien eso podía ser un inconveniente a ellos les hacía gracia de qué manera desde pequeñísimo les llamaba a todos por sus nombre. Ya antes de papá o bien mamá aprendí a decir Pepa o bien Toño y a mis vecinos Pili y Pedro.




Una amistad consolidada

Siendo los únicos vecinos en el rellano habituamos a dejar las puertas abiertas y pasaba de una casa a otra en el momento en que me apetecía. Mis vecinos se ilusionaron al verme a mí para tener hijos mas no lo lograron y me tenían como adoptado. El tiempo pasó y la amistad iba consolidándose.

Pedro venía a casa cuando había partidos de pelota, sobre todo en los derby por el hecho de que cada uno de ellos era de un equipo contrincante. Mi padre asimismo iba a su casa frecuentemente a tomar unas cervezas y discutir del partido. Mas nada equiparado con Pili y mi madre.

Las 2 parecían amigas de siempre, prácticamente siempre y en todo momento estaban en una casa o bien la otra hablando y comentando cosas entre ellas.
Yo era el rey de las 2 casas y no me faltaban atenciones, conforme pasaron los años proseguí siendo el centro de atención de todos y los regalos me llovían en aniversario o bien en Reyes.




Una sensación extraña

Desde pequeñísimo estaba habituado a la pareja de vecinos y no me extrañaba la compañía de las mujeres o bien de los hombres, Pili me trataba con completa confianza y Pedro asimismo. A Pili y a mi madre, habituado a verlas juntas, no las miraba como mujeres para mi sencillamente eran Pili y Pepa.

Al haber tanta confianza las 2 chicas charlaban de todo y no se escondían de mi para nada. En muchas ocasiones se adquirían alguna prenda y pasaban a la casa de la vecina y se la enseñaban. Mi madre tenía bastante habilidad para coser y a Pili le venía realmente bien que le retocase la ropa.

En cambio Pili era muy apasionada a las plantas. A mi madre se le morían al poco tiempo.

Pilar le adquiría plantas nuevas o bien aun las que tenía hermosas se las obsequiaba a mi madre mas era inútil. A los poquitos días se ajaban y se morían, en cambio si mi madre tenía alguna mal se la dejaba a Pili y en su casa revivían, este ajetro de plantas hacía que las 2 terrazas estuviesen siempre y en toda circunstancia llenas de macetas. Ya competían entre las 2 con clara ventaja de Pili.

Un día con ocasión del aniversario de Pili mi madre le obsequió una planta y me afirmó que se la llevase a su casa. Ya tenía dieciocho años y se la llevé, agradecida me dio 2 besos a fin de que se los trasmitiese a mi madre y me preguntó si podía asistirle a trasplantarla a una maceta mayor.

Yo por supuesto accedí, extendió unos papeles en el suelo, trajo la maceta grande y tierra para hacer el cambio, los 2 arrodillados con la planta por el medio, estaba observando de qué manera lo hacía hasta el momento en que me fijé en el escote de Pili.

Muchas veces le había visto en mi casa probándose ropa, quedándose en sostén y braguitas y, a pesar de estar habituado, en aquella ocasión me generó una sensación diferente.
Bajo el escote de le camisa, se le veían las 2 tetas, como ya sabía no eran grandes mas estaban sueltas sin sostén y el movimiento independiente me llamó la atención, desde atrás de la planta no le quitaba la vista.




Miradas diferentes de un adolescente

Pili, ignorante de esto, se movía de un lado para otro y sus tetas se apartaban dejándome ver el estómago o bien se apretaban por la presión de sus brazos, todo esto me generó una enorme erección que debí disimular en el momento en que me afirmó que podía llevarla a la terraza.

Me pegué la maceta a la bragueta y salí con ella, mientras que Pili iba a por agua para regarla. Al separarme de la maceta aún no se me había bajado la polla y difícilmente la escondí.
Desde aquel día me fijaba mucho en mi madre y en ella, mi madre tenía un tipo realmente bonito, asimismo la había visto ligera de ropa como a Pili mas tampoco me había fijado.

Ahora siempre y en todo momento procuraba cualquier postura para ver algo más.

La ocasión fue a los poquitos días, Pili se había comprado una planta rarísima y de paso le había comprado otra igual a mi madre. Pepa le planteó que cuando menos hasta el momento en que agarrara bien se la podía cuidar en su casa pues a ella todo se le criaba realmente bien y en mi casa era la muerte segura.

Pili admitió y mi madre me mandó con la planta a casa de la vecina. La primera cosa que hizo fue extender un plástico en el suelo y preparar 2 macetas para hacer el trasplante, le asistiría como siempre y en toda circunstancia mas ya iba advertido.

Esta vez llevaba un vestido y un escote extenso abrochado por delante. Como es lógico no me hacía ilusiones mas ya estaba sobre aviso. Se puso los guantes y con las herramientas de jardinería que dominaba se puso a trasplantar. La maceta pesaba y me afirmó que se la levantara un tanto. Me aproximé a ella y mientras que preparaba la tierra en la nueva maceta se inclinó, el vestido se ahuecó y aparecieron las 2 tetas como la vez precedente.
Al estar inclinada le colgaban dando la impresión de que tenía más y al no llevar sostén se movían sueltas.




La teta derecha y la areola

Con cada paletada de tierra que daba el escote se iba bajando y las tetas se aproximaban al borde. No perdía detalle, había veces que llegaba a un punto que una parte de la teta quedaba asomando y otras que se hundían bajo el vestido. Entre las 2 en el fondo podía ver el estómago, el vientre y las braguitas blancas que llevaba.

En el pubis se transparentaba una zona obscura que acababa horizontalmente. Tenía una mata de vello muy marcado y bien cuidado. Con las maniobras del trasplante miraba fijo las tetas, en ocasiones era la derecha y otras la izquierda. La derecha era la más curiosa y se asomaba cada vez más.

En un instante apareció la areola, eso no se lo había visto jamás y me ocasionó una reacción en la polla radical.
Ahora aguardaba que de un instante a otro fuera el pezón el que saliese, Pili se movía de acá para allí sin sospechar nada y tenía la maceta frente a ella.

Mi cabeza iba a mil pensando si habría alguna forma para adelantar la espera y en el momento en que me solicitó la planta para meterla en la maceta nueva me retiré un tanto con la pretensión de que alargase la mano cara mí para alcanzarla.

Me felicité por la idea. De hecho,se adelantó cara mi extendiendo la mano. La teta la prosiguió y brincó sobre el escote. Por unos instantes quedó colgando fuera del vestido, la areola la tenía grande, redonda y obscura y el pezón salido de tanto rozar el escote.
Me dio un subidón y la polla ya no podía soportar más doblada como estaba.

Cuando se retiró con la maceta la teta volvió a colarse en el vestido mas la visión no paró. Ahora se movía lateralmente y me ofrecía las braguitas, se puso de cuclillas y entonces pude ver el bulto del pubis entre sus muslos.
Me pareció exagerado, siempre y en toda circunstancia había pensado que una mujer era llana en el sexo. Pili marcaba un pubis bastante desarrollado, tal y como si tuviese polla.




Hora de la practica

No me movía frente a ella, con los movimientos de acá para allí abría o bien cerraba las piernas. Se le veía una ingle o bien la otra y por arriba las tetas asomaban hasta prácticamente salirse. Me debí levantar y volviéndome puse la polla en mejor situación, ahora la tenía vertical pegada a mi vientre. Prácticamente me asomaba bajo el cinturón mas al menos estaba cómodo.

– Realmente bien José, ya tenemos una, ahora vamos a por la otra. Con lo que has visto ya habrás aprendido, ¿no?
– Sí, ya tengo una idea de de qué manera se hace. – contesté.

Me coloqué unos guantes, se puso en frente de mi indicándome y corrigiéndome como iba a hacer el trasplante. Pili se aproximaba a mi o bien desde más lejos se adelantaba y me cogía la mano a fin de que echase tierra acá o bien allí.
Las tetas se movían más que ya antes, ya la derecha se quedaba en muchas ocasiones enganchada del pezón únicamente deseando salir para regresar a entrar en el vestido. La izquierda era más remisa.
En un instante fui a sacar la cepa de la maceta pequeña y la planta se me venció, Pili vio que se me caía y se partía y la quiso coger. Con un movimiento instintivo se apoyó de rodillas y pisó el vestido con ellas.
El escote se bajó demasiado y quedó grande para las 2 tetas y las dos salieron fuera cuando Pili ya mantenía la planta. Se había pellizcado el vestido bajo el pecho y no volvían dentro. De esta forma estuvo unos minutos sin darse cuenta de la situación hasta el momento en que me preguntó.

– No han quedado mal, ¿Cuál te agrada más?
– Las 2, me agradan las 2. – contesté rojo como un tomate.
– Ya, escoge una para ti, la que más te guste.

Yo estaba atontado mirando fijo a las tetas y no comprendí bien o bien no deseé comprender el interrogante mas mi mano se fue hacia ella.

Un impulso momentáneo

La mirada que me dio Pili no la podría describir, al cogerle la teta izquierda se había quedado paralizada, además no había duda como se la había cogido.

La tenía toda en la palma de la mano abierta y entre los dedos había pellizcado el pezón para que no se escapase. No sabía que iba a pasar desde entonces, había sido un impulso y ahora me tocaba abonar y pagar las consecuencias.

– Me refería a las macetas José.
– ¡Oh! Lo siento, Pili, no sé en qué estaba pensando, se me ha ido la mano.
– Ya lo noto y ¿de ahí que me tienes la teta cogida con el pezón aprisionado?
– Perdón, no volverá a pasar, lo juro.
– Pero… ¿de verdad has sido sincero o bien lo afirmabas por decir?
– Excusa Pili, no sé qué excusa darte.
– Me conformo que me digas la verdad.
– Pues… sí Pili, me gustan mucho tus tetas.
– Jamás me lo habría imaginado, me has visto muchas veces en sujetador y no te habías fijado.
– Porque no te las había visto tan bien como el día de hoy. Bueno la otra vez que trasplantamos la otra maceta.
– ¿Es que no habías visto jamás unas tetas, ni las de tu madre?. – me preguntó sorprendida.
– No, a mi madre se las he visto como a ti, con sujetador.
– Puesto que asimismo te gustarían, además de esto tiene más que y con la lencería que usa se ven realmente bonitas, te lo aseguro.
– No sé, pero las tuyas me volvían loco, querían y no podían salir y esos pezones… nunca había visto unos de tan cerca y menos tocado.
– Vaya por Cristo, ya tienes edad de haber tocado alguno que otro.

Mientras hablábamos no dejábamos de mirarnos a los ojos y no me había dado cuenta de que no le había soltado la teta mientras, era curioso verme a mí con la mano en el pecho y ella hablándome sin enfado aparente.

Oler, lamer, chupar una teta

– ¿Y qué te provocó mi teta para ser la primera que tocas? – me preguntó.
– Me la imaginaba más blanda y el pezón es muy áspero.
– Mmm, ¿quieres decirme que las tengo duras? gracias, me hace ilusión, no me lo habían dicho nunca, ¿quieres tocar la otra? Casi nunca son iguales.

No hizo falta rogarme, la otra mano fue a la derecha y llevaba razón el pezón era igual pero la teta me llenaba un tanto menos la mano.

– ¿Notas la diferencia en tus manos?
– Sí, la izquierda es un tanto más grande que la otra pero están igual de duras y los pezones sí que son iguales.
– Buen observador, ¿no te apetece probar a que saben? Puede que te llevas una sorpresa.

Pilar se me acercó. Dejamos de lado la planta y de rodillas aproximé la boca a la derecha, estaba caliente y subía y bajaba con la respiración. Le besé en un lado de la teta.

Pili me cogió la cabeza y la llevó hasta el centro. Al rozarme la boca el pezón apretó mi cabeza sobre él y prácticamente lo hundió entre mis labios. Abrí la boca todo lo que podía y aspiré. En el paladar noté el contacto duro del pezón. La areola había desaparecido en mi boca y Pili no me soltaba la cabeza. La nariz la tenía hundida en la suave piel del pecho y no sabía cuánto podría aguantar la respiración.

Mi lengua empezó a lamer el pezón apretándolo contra el paladar. Pili suspiraba con los ojos cerrados a la vera de mi mejilla. La otra teta esperaba para percibir el mismo trato.

Cuando dejé la teta me di cuenta que la chavala se había abierto varios botones y ahora el escote no le forzaba las tetas en una posición incómoda. Ahora estaban sueltas como yo las había visto antes. Tenían libertad y se movían. Vi que los pezones le hacían punta cara arriba y me agradó, daba la sensación de que me miraba y el izquierdo también entró en mi boca.




Será nuestro secreto

– Por favor José, no prosigas, no está bien lo que hacemos, no sé cómo ha podido pasar.
– Lo siento Pili, no lo había pensado. Ha sido un impulso momentáneo.
– Pero me ha gustado mucho José, reconozco que no me lo aguardaba.
– Me agradaría preguntarte algo mas. Me da vergüenza.
– Dime José, no tengas vergüenza.
– Me pregunto si no estás enfadada conmigo y… si podría besarte las tetas otro día.
– Mmm, sólo con una condición. Que no se lo digas a nadie. ¿comprendes? A nadie. – me respondió.
– Despreocúpate Pili, va a ser nuestro secreto.

Convulsiones de Pili

Y tanto que lo fue, casi todos los días había una excusa o bien motivo para pasar a casa de Pili. Nada más entrar, cerraba las cortinas y se quitaba la blusa.

Me comía sus tetas con avaricia. Me enseñó a no hacerle daño con los dientes y a lamerle desde el nacimiento hasta el canalillo con el máximo placer. Estuvimos un tiempo haciéndolo. Mi madre me incitaba a que pasara a su casa para cualquier cosa y nosotros lo aprovechábamos con una comida de tetas fabulosa.

El inconveniente fue cuando más entusiasmado estaba con un pezón atrapado con los dientes y la lengua lamiéndolo. Noté una serie de conmociones en el estómago de Pili. La tuve que sostener pues se le doblaban las piernas.
Se abrazaba a mi convulsionándose, sin soltarme estuvo múltiples minutos, en el abrazo mi polla se apoyó contra su muslo, si ya la tenía dura con el roce terminó de ponerse como una estaca.

Pili se abrazó a mi pasando sus brazos por mi cuello, aprecié en mi pecho las dos tetas a la vez.
Para mi aquello era el cielo mas al sentir en mi polla el bulto caliente del pubis de la chavala me corrí. Me puse los calzoncillos y el pantalón perdidos de leche.

Pili apreció que me quedaba quieto y que de repente la apretaba contra mí. Resistió apreciando en su bulto cómo mi capullo latía y lanzaba chorros de leche.

Con la mano tocó y sintió la humedad caliente de mis pantalones. Cuando nos apartamos la mácula me cubría de bolsillo a bolsillo.

Fuera plancha y fuera secador

Pili fue veloz y sin titubear me dijo imperiosa.

– José, quítate la ropa, te la tengo que lavar y secar.

Ni lo pensé, me saqué los pantalones y los calzoncillos sin quitarme los zapatos. Se fue a la pila y con velocidad me lavó la mancha de semen. El calzoncillo estaba amarillo casi y lo lavó igual. Entonces fue a por la plancha y el secador del pelo que me dio a mí.

– Toma, seca el bóxer y yo te plancho los pantalones… ¡madre mía José, que polla tienes aún tras correrte!

Me miré la polla y la verdad es que no estaba al máximo pero apenas caía y aunque mojada de leche estaba descapullada y refulgente.

Con la plancha al máximo secó el pantalón en un santiamén. Mucho más rápido que yo con el secador.
Soltando la plancha se arrodilló ante mí me cogió la polla y se la metió en la boca sin limpiarla antes. Apreciaba de qué manera me lamía dentro de la boca. Estaba relamiendo lo poco que me quedaba de leche hasta hacer que se pusiera dura otra vez.

Solté el secador y el bóxer, no lo apagué cuando le cogí la cabeza y la atraje hacia mí, follándole la boca.

Ella solo se preocupaba de hacerme tope con las manos en las caderas a fin de que no se la metiese en la garganta pero no hizo nada para eludir que me volviese a correr dentro de la boca.

Con los labios apretados estuve moviéndome hasta que no me quedaba nada que sacar. Relamió todo el balano y con los labios apretados fue retirándose hasta el momento en que salió el capullo. Mi polla estaba tan limpia como si me acabara de bañar y no olía a semen.

Pili se abrazó a mi cintura, con la polla caída pegada a su mejilla la besó afectuosamente. Entonces se levantó y con el secador en marcha acabó de secar el calzoncillo. Me lo alargó a fin de que me lo pusiese y cuando ya tiraba de la cintura para subirlo totalmente acarició los huevos y la polla ayudándolos a entrar en la prenda.

– José, ¿puedes venir? Me haces falta.

Mi madre me llamaba por la ventana de enfrente, me asomé y le afirmé que sí, no me vio mas sólo llevaba los calzoncillos puestos.




Rutina maravillosa

A partir de aquel día las comidas de tetas se ampliaron a comidas de polla. Aprendí lo que es una mujer experta y con ganas de gozar. Pili se esmeraba por darme más gusto cada día. Controlaba mi eyaculación demasiado temprana. Me enseñó de qué forma calcular los tiempos pero todo eso fue en su contra… o no.

Una mañana estaba en su casa como tantas otras. Las cortinas de la ventana estaban corridas por el hecho de que entraba un sol de justicia. En eso que mi madre desde su ventana la llamó.

Pili se asomó a la ventana, por detrás de ella quedaron las cortinas y sólo la veía de la cintura cara abajo. Le subí la falda, mi madre tenía ganas de charlar y no le dejaba interrumpir. Pili procuraba recortar la conversación mas mi madre no la dejaba. Yo mientras le había subido la falda y metido las manos debajo de las bragas.

Le había atrapado las nalgas y ensanchándole las braguitas se las estaba bajando. La voz de Pili era entrecortada. Solo decía monosílabos a mi madre.

Con la bragas en el suelo con un pie separé una pierna y luego la otra, ella se tuvo que apoyar en la ventana y yo por dentro junté la cortina para que no se abriera.

Mi polla pasó como un pincel entre las nalgas de Susa. Con los brazos apoyados en el marco de la ventana procuraba esquivarme pero la tenía sujeta de la cintura y la seguía allá donde fuera.

Una situación muy morbosa

Pili estaba más húmeda cada vez y cuando le metí un dedo en la vagina le tremió la voz. Ya había localizado la entrada y no fallé.

Le separé un poco más las piernas y entré hasta pegarme a su culo, la polla estaba justo en la entrada de su coño. Pili balbuceaba con mi madre cuando le fui metiendo la polla poquito a poco. Jadeaba tal y como si hubiese subido la escalera corriendo.

– ¿Te pasa algo Pili, deseas que mi hijo te haga algo?. – preguntó mi madre.
– No te preocupes, no hace falta es buen chico y se porta maravillosamente.
– Yo siempre y en todo momento le he dicho que te hiciese lo que necesitases, tú no te cortes, el chaval es muy cumplidor.
– Ya lo sé, es una maravilla de chico. -respondió Pili entrecortada.

Ya estaba clavado adentro cuando comencé a salir. Pili me cogió de las caderas y me impidió que saliese pero al apreciar que volvía a meterme se relajó y arqueó la cintura.

Ahora le entraba más recta y con lo lubricada que estaba se hundía plenamente en ella. Pasé las manos por su barriga hacia arriba. Ella se cubría cruzando los brazos frente a mi madre para que no viera mis nudillos bajo la camisa. Mis manos fueron subiendo hasta alcanzar sus tetas, ahora era la que me buscaba, su culo se movía a fin de que le entrara mejor.




Momento calentón

Empecé a moverme cada vez más deprisa. Mi madre parecía una cotorra y no le dejaba cortar la conversación. Pili notaba como mi capullo palpitaba arriesgadamente, le iba a atestar el coño de leche, era inevitable. Iba desenfrenado.

Pili, en un momento chilló diciendo que se le iba a quemar la comida y con esa excusa entró cubriendo la ventana con la cortina.

– José eres un cabrón, cómo te has aprovechado de que no podía dejar a tu madre. Debería haberle dicho dónde estabas y qué estabas haciéndome.
– ¿De verdad se lo habrías dicho?
– No, ya sabes que no pero… sigue lo que has empezado y ten cuidado de no correrte en mi coño.
– ¡Qué pena, lo habría hecho muy a gusto!
– Ya lo sé, por eso he cortado a tu madre, me ibas a preñar.
– Entonces ¿donde deseas que me corra?
– Donde desees menos en mi coño, eso jamás, ¿lo comprendes? Jamás.




Fin de la primera parte del relato erótico La vecina del Ático.




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